La catedral de Justo.

Visionario, fundamentalista, loco… ¡Qué más da! La historia de Justo Gallego es extraordinaria, así se decía en el anuncio de Aquarius que lo sacó del anonimato, y así es como hay que verla.

Y lo extraordinario de Justo no es que haya hecho muchas cosas en su vida, sino precisamente lo contrario, que lleva más de sesenta años haciendo una sola cosa: construir una catedral, su catedral.

Sin conocimientos de arquitectura ni de albañilería, con materiales de deshecho como ladrillos rotos, bidones de gasolina, botes rellenos de hormigón, botellas, ruedas de bicicleta y multitud de objetos de la vida cotidiana, Justo ha ido levantando un colosal templo. Es, dice, su ofrenda a Dios.

Lo primero que puede ver quien visita su espectacular obra, es un cartel donde Justo explica brevemente su biografía.

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Parece una película pero es realidad, y los vecinos de Mejorada del Campo (Madrid) son testigos diarios de ello; bueno, los vecinos y los numerosos visitantes que se acercan de todos puntos, a ver incrédulos lo que Justo ha levantado, literalmente, con sus manos.

No hay planos ni proyecto oficial, su obra es un oasis que los burócratas prefieren ignorar. Tampoco hay indicaciones para llegar al lugar, es como si no existiera, aunque basta preguntar a cualquier vecino para recibir las indicaciones necesarias. Curiosamente, una calle aledaña lleva el nombre de Antonio Gaudí.

Pero la obra de Justo, esa que él ya tiene claro que no verá culminada, ha traspasado fronteras y hasta el MoMA de Nueva York incluyó su catedral en una de sus exposiciones. Incluso en el mundo académico del arte es considerada una muestra del art brut, término que se utiliza para describir el arte que se crea fuera de los cauces “oficiales”.

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Justo Gallego, con su peculiar “visión”, nos demuestra día a día, ladrillo a ladrillo, que se pueden construir los sueños.

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